Un hombre emerge del interior de un tinaco de asbesto. Con su torso de espaldas descubierto y medio cuerpo dentro, parece un centauro avistado en las alturas. El contenedor se vuelve el cuerpo de un mito; el humano, parte inseparable de su naturaleza. Esta revelación captada en una fotografía instantánea por Eunice Adorno, se convirtió en una clave secreta para la investigación que ha rea- lizado desde el año 2020, acerca de la arqueología y las huellas del paso del agua en infraestructuras hidráulicas como presas, tuberías, canales y depósitos. Titulado Las aguas eran salvajes, su estudio ha derivado en varias obras alrededor de vestigios hídricos como signos del fracaso de la modernidad, su ambición por dominar el agua y las transformaciones violentas que ha implicado para los ecosistemas y la vida cotidiana.
En esta ocasión la galería Revuelo presenta, a través de fotografía en blanco y negro, registros de archivo y objetos encontrados, la etapa más reciente de este proyecto que explora su relación íntima con el agua en la ciudad, a partir del tinaco de asbesto como un artefacto que encierra relevantes tensiones materiales y políticas para su investigación.
El tanque es el vínculo doméstico directo con el abastecimiento y el consumo del líquido vital. A la vez, es un objeto por décadas tan común en las azoteas de la ciudad que podría resultar invisible e insignificante. En cambio, para la artista evidencia inquietantes contradicciones al ser un material de uso masivo en la modernidad constructiva, mientras su deterioro conlleva una toxicidad letal. Por décadas ha sido un peligro ocultado por las industrias y administraciones urbanas por el alto costo económico y político de reconocer sus efectos mortales en la salud humana. El hecho de que este material construyó ciudades y al mismo tiempo transporta una amenaza de muerte, es para Eunice Adorno una metáfora de la fragilidad del proyecto civilizatorio occidental y la vulnerabilidad de la vida en él.
Las fotografías incluidas en la muestra registran las cualidades escultóricas y arquitectónicas casi abs- tractas de este contenedor en vías de extinción, en diálogo con la estética fotográfica de arquitectura y monumentos de la modernidad. Lo ínfimo es idolatrado para desjerarquizar los valores que asignamos a los objetos de nuestro alrededor. El tinaco –que la acompañó por años en su casa– fue destruido para volver legible las escrituras de su interior, diseccionado para ser comprendido y exhibido como escombro, fragmento, archivo y escultura. En ocasiones se figura como un paisaje lunar, un vientre fértil, la osamenta de un animal desconocido o las ruinas de una utopía. Los detalles que registra cada imagen interroga su misterio íntimo como quien lee un códice escrito en una lengua antigua, como si la huella fuera un oráculo de la catástrofe que generosamente sobrevive para la mirada atenta de estar frente a mundos ignotos pero posibles.
En la mitología griega, el centauro es la criatura mitad hombre mitad caballo que representa la dualidad entre lo civilizado y lo salvaje, la razón y los instintos naturales. En ese sentido, las imágenes de Eunice Adorno recuerdan la latencia vital indomable escondida en todo proceso civilizatorio, la impensable respiración entre las fibras de lo aparentemente inerte, la belleza que es posible hallar en objetos de planificación y silenciosa muerte, la fuerza indómita de una escritura que no calla si la sabemos leer. La destrucción del tinaco dió paso a la crónica, “como acto de reconocimiento” –apunta la artista–. ¿Qué narración de nosotros mismos podemos reconocer en él?¿Qué tipo de vínculo afectivo establecemos con ellos, como superficie, piel, cuerpo hondo que contiene la vida y sus memorias? ¿Qué escrituras ofrece para un porvenir de distopías?